Al pasar por el lugar donde antes había un pino, todavía quedan algunos restos que me recuerdan el día en que fue cortado. Su inclinación hacía temer que pudiera caer, y se decidió talarlo antes de que ocurriera alguna desgracia. El año pasado se plantó un arbolillo que, poco a poco, parece salir adelante.
Recuerdo que, durante un tiempo, en aquel pino vivió una lechuza. Mantenía la finca limpia de roedores y de otros pequeños invasores. Era silenciosa; apenas se la veía. Su presencia era benéfica y discreta. A veces se oía su canto y yo imaginaba que decía: «Estoy aquí, vigilando. No temáis; dormid tranquilos. Yo guardo vuestro sueño».
Después de tantos años, todavía la echo de menos. Fantaseaba con la idea de que viniera a mi encuentro para mantener una buena charla sobre la vida. Era como si se hiciera visible la propia conciencia.
Aunque a veces pueda resultar molesta, escuchar esa voz interior que nos habla y nos aconseja para bien es muy saludable. En ocasiones sucumbimos a la tentación, pero ese runrún interior, a fuerza de insistir, termina llevándonos al arrepentimiento, y entonces el corazón se esponja.
Esa conciencia es mi lechuza: una amiga misteriosa, dulce y amable que me mira fijamente y que, a veces, sin pronunciar una sola palabra, me lo dice todo.
Será una fantasía. Pero, desde la humildad, hay fantasías que esconden una profunda verdad.
Buen día. Beso y abrazo.

